El médico de su honra

El Festival Iberoamericano del Siglo de Oro de la Comunidad de Madrid. Clásicos en Alcalá impulsa la reposición de El médico de su honra, de Calderón de la Barca, la icónica puesta en escena de Adolfo Marsillach que, en 1986, inauguró la Compañía Nacional de Teatro Clásico y cambió para siempre la forma de entender las escenificaciones sobre textos de nuestro Siglo de Oro.


Entre ayer y hoy

Algunas cosas no se entendieron entonces (23-10- 1986), estreno de El médico de su honra, Teatro de la Comedia, Madrid). Y es posible que tampoco se entiendan ahora. Quizá porque nosotros no supimos contarlas bien -casi siempre, detrás de alguien que comprende mal, hay otro que explica peor-. Voy a hacer el exquisito esfuerzo de intentarlo de nuevo.

Hay muchas maneras de aproximarse a esta apasionante obra -como a cualquier otra-, pero, sobre todo, dos: o bien creyendo que Calderón estaba completamente de acuerdo con un bárbaro código de honor que autorizaba -y obligaba- a los maridos a matar a sus mujeres por una simple sospecha de infidelidad, o bien negándose a admitir, en un hombre tan inteligente como fue el autor de La vida es sueño, una monstruosidad semejante. Autorizadísimos ensayistas han dividido sus criterios entre ambas opciones. De modo que tan válido -y respetable- es imaginar que Calderón era un criminal en potencia coma suponer que no lo era.

Como nosotros somos de natural razonable y comprensivo, optamos por pensar que El médico de su honra está escrita desde el horror que a una persona en su sano juicio le provoca la posible aceptación de una ley tan injusta como inhumana. Dicho de otra forma tal vez más clara: para nosotros, Calderón es mucho.

Adolfo Marsillach.




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