Prensa

02 de junio de 2021

Al habla con José Gabriel López Antuñano

Un paseo por las calles y plazas con tanto sabor de Alcalá retrotraen recuerdos de lecturas y escenificaciones del Siglo de Oro y las contextualizan en recovecos, frente a edificios con solera, o en el templo por antonomasia, el Corral de Comedias. 


Reconozco junto a los vestigios centenares de personas ataviadas con unos vestidos de hoy y pienso en la grandeza de lo Clásico o, mejor, de los Clásicos de Teatro, que atesoran la cualidad de seguirnos golpeando la mente y el corazón con abundantes ideas y sentimientos contemporáneos. Me detengo frente al cartel del festival, que enmarca la programación, y extraigo tres expresiones: Siglo de Oro, Iberoamérica y Marsillach.

Siglo de Oro, donde el teatro (y la música) eran un bien de consumo que exigió la elaboración de miles de textos, algunos cientos con valor imperecedero. Con lenguajes y temas próximos, un pueblo descansaba, sentado o de pie, en las corralas, aprendiendo y disfrutando con los avatares de Segismundo, Laurencia, Inés de Castro, Frondoso, Basilio, Tisbea, Belisa..; estos, ahora en pleno tercer milenio, nos apelan por lo inesperado de sus situaciones, lo audaz de sus acciones; lo inédito de sus pensamientos o las verdades, que avalora la pátina del tiempo. Las quisicosas de la actualidad se relegan a ruido de fondo, cuando esos personajes tan cercanos expresan sus emociones o reflexiones tan auténticas como sugerentes, porque poseen la virtud de golpearnos, porque no terminaron de decir cuanto tienen que decir; de sembrar en los pliegues de la memoria sentencias que alumbran los caminos; de deleitar el oído con la sonoridad de la música de sus versos. 

Iberoamérica, un viaje de doble dirección. Pronto Lope, Calderón, Tirso, Moreto… llenaron los corrales de la Nueva España y Perú; y de Taxco y San Miguel de Nepantla vinieron Ruíz de Alarcón o Sor Juan Inés de la Cruz, dejando tras sí una gavilla de escritores autóctonos, que estrenaba en ambos virreinos. En pleno siglo XXI, el teatro clásico español se levanta en Iberoamérica, aunque aquí lo sigamos poco, con musicalidad y atrevido acento, que estimula su escucha; y a los dos lados del Atlántico nos gustaría sentir con oído atento a los Acevedo, Bocanegra, Bramon, Peralta, Carrillo de Cordova, como algunas otras obras de españoles, perdidas en los anaqueles a la espera de su rescate.

Marsillach, un referente en la recuperación del teatro clásico español. Sin complejos, con osadía ante lo correcto a mediados de la década de los ochenta del pasado siglo y con conocimientos, supo hacer legibles y contemporáneas esas piezas de museo que ennegrecían por el humo del incienso, de cuantos las veneraban, sin atreverse a escenificarlas. Remontar las diez obras que estrenó con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, como se pretende en esta y sucesivas ediciones del festival, será una oportunidad para reconocer su trabajo y aprender otras lecturas de los clásicos. 

 

José Gabriel López Antuñano

Doctor en Filología Española y Teatrólogo. Profesor en la Escuela Superior de Arte Dramático de Castilla y León

 



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